Ricardo Osvaldo Rufino  mir1959@live.com.ar

 

En 1981 el mercado de la computadora personal llegó a la mayoría de edad cuando IBM presentó la “PC”. Desde 1977, otros fabricantes vendían computadoras de escritorio pero IBM, el mayor fabricante de computadoras del mundo, contaba con una ventaja competitiva: su importancia le permitía no sólo construir un producto similar sino también comercializarlo de un modo más agresivo. En 1981 vendió 25 mil unidades; tres años más tarde, alcanzó los tres millones. En el interior de la PC de IBM se hallaba un microprocesador de la Intel Corporation de Santa Clara, y un sistema operativo –el programa que facilita el funcionamiento de otros programas (Software)- autorizado para IBM por nada menos que Microsoft.

¿Adónde se produjo esta especie de milagro que cambió verdaderamente el curso del mundo tal como se lo conocía hasta ese momento? En Silicon Valley, el paradigmático centro tecnológico ubicado en la bella bahía de San Francisco, California, Estados Unidos de América.

Existe un axioma que afirma que “Si se quiere triunfar en las nuevas tecnologías, hay que estar en Silicon Valley”. Los que conocen la zona visualmente hablan de un escenario futurista, netamente post-industrial. Tal como si fuesen las imágenes de una película de ciencia ficción, las miles de empresas tecnológicas y súper actuales que se encuentran instaladas en Silicon Valley, conforman un paisaje que transmite eficiencia y modernismo a ultranza. El personal que trabaja en esas empresas, generalmente compuesto por técnicos e ingenieros muy jóvenes, armoniza con esa impronta,  determinada, por ejemplo, por la presencia de los denominados “ángeles de negocios”, empresarios que han tenido éxito económico y llegan a Silicon a la caza de oportunidades, con la idea esencial de invertir parte de sus fortunas para financiar a jóvenes cerebros innovadores.

El clima que se respira en la más activa tecnópolis del mundo está impregnado por la pasión por inventar, la falta de temor al riesgo, el respeto estricto por la cultura tecnológica, el espíritu inconformista de los emprendedores, el eclecticismo social que proporciona la multiculturalidad. Miles de jóvenes privilegiados de distintos países del mundo entero llegan a esta zona de California con el objetivo de fecundar sus ideas tecnológicas primigenias.

Pocas regiones del mundo tienen una incidencia económica mundial tan decisiva. La denominación “Silicon Valley” (Valle del Silicio) es una invención periodística de la década del ’70 y se trata de un espacio geográfico de un enorme dinamismo empresarial que abarca la parte sur de la Bahía de San Francisco, más concretamente el Valle de Santa Clara. La ciudad más importante en densidad de población es San José, pero este imperio tecnológico está muy asociado a las ciudades de Palo Alto y Menlo Park, aunque también forman parte de ella Mountain View, Sunnyvale, Santa Cruz, Cupertino y Campbell entre otras.

El derrotero de esta emblemática región se inició a partir de las necesidades estadounidenses derivadas de la Segunda Guerra Mundial. En esos años fue cuando  la Universidad de Stanford y Palo Alto comenzaron a crecer en prestigio y contribuyeron a muchos emprendimientos tecnológicos militares. En 1946, se fundó el Stanford Research Institute,  de donde surgieron cientos de innovaciones, entre ellas el módem y el mouse.

En Palo Alto también se crea el ENIAC, la primera computadora electrónica. En 1950, IBM (por entonces, una prestigiosa firma con sede en New York) se instaló en la región, contribuyendo aún más al fortalecimiento de la investigación y de los negocios en la región.

Pero fue el arribo al mercado de la computadora personal y de Internet, las que convirtieron a Silicon Valley en una referencia empresarial de industrias high-tech de orden mundial.

Actualmente son miles las empresas instaladas en el Silicon Valley. Algunas de las más famosas, reconocidas internacionalmente y de inmenso prestigio que figuran en el listado de Forbes 500,  son las siguientes: Hewlett-Packard, Intel, Adobe Systems, Google, Facebook, Apple, Network, Yahoo, Cisco Systems.

Muchas veces nos preguntamos qué es lo que hace que un territorio favorezca la creatividad y promueva un entorno de innovación tecnológica único en el mundo. En el caso de Silicon Valley, la respuesta es Stanford University. Los historiadores de la región coinciden en que sin las sinergias de Stanford, el emporio tecnológico número uno del mundo no hubiera existido, o no hubiese alcanzado la dimensión notable que alcanzó.  Al respecto, esto es lo que afirmó John Lewis: “Soy graduado de MBA de stanford y concuerdo plenamente con que el éxito de Silicon Valley como polo de innovación se debe a las continuas interconexiones con la universidad”.

En esta misma línea, es relevante destacar que graduados españoles que viajaron en plan de negocios a San Francisco en 2009, relataron que tuvieron una magnífica acogida por parte de los políticos de la región. Estos les facilitaron contactos muy valiosos y se pusieron a su disposición para colaborar con ellos. Este punto explica, sin dudas y también, el sustantivo desarrollo alcanzado por la tecnópolis.
Aunque la Universidad de Berkeley, en la parte este de la Bahía de San Francisco, también contribuye con una gran masa crítica de recursos humanos al desarrollo de la región, no hay dudas que Stanford University, que aunque comenzó su historial académico siendo una pequeña universidad entre las grandes, hoy se sitúa entre las 5 universidades más importantes del mundo y entre las 3 más prestigiosas en cuanto a investigación tecnológica, y cumple un papel clave en el desarrollo de la emblemática región.  En el presente, conforma un territorio urbanístico impulsor de un gran motor de ideas y proveedor de recursos humanos para las empresas. La universidad promueve una filosofía de trabajo que da orientación empresarial a la investigación científica, transformando ideas en oportunidades de negocios y/o plataformas de alta productividad para uso institucional donde la innovación funciona como una sensible membrana de conexión con el mercado.

Considero que luego de este análisis queda explicitada la respuesta al interrogante que se plantea en el título de este artículo: la conjunción entre el poder educativo de las Universidades de Stanford –especialmente- y Berkeley, y el ánimo continuo expresado durante años y años de cientos de miles de estudiantes por aprender, crecer, esforzarse e ingresar “de cabeza” en los peripecias del complicado pero atrayente universo tecnológico, es la fórmula del éxito de este prodigio que es Silicon Valley.

Claro, no todas las consecuencias de este icono informático son tan maravillosas y perfectas. Esto es lo que se preguntan E. Larsen Rogers y Judith K. Larsen, en su libro “La fiebre del Silicon Valley”:

“La tecnología de la información procedente de Silicon Valley está afectando de modo importante a la sociedad americana: automatización de oficinas, ordenadores personales, video-juegos y micro-ordenadores en las escuelas. ¿Será también uno de sus efectos la creación de un grupo de adictos a la informática que vivan a espaldas de la sociedad? ¿Incrementará el desempleo? ¿O bien la alta tecnología será el camino para sanear la economía de Estados Unidos?”.

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