Ricardo Osvaldo Rufino  mir1959@live.com.ar

 

“Si la locura humana no encuentra una píldora que la pueda curar, y si esa píldora no la prohíben los locos que nos quieren ver multiplicándonos incesantemente, el ‘reino del hombre’ llegará a duras penas al 2100. A este paso, en un siglo el planeta Tierra estará medio muerto y los seres humanos también” (“La tierra explota, Superpoblación y desarrollo”, Giovanni Sartori y Gianni Mazzoleni, Editorial Taurus, 2003).

Es así. Estamos destruyendo el planeta, y parecemos no darnos cuenta: la disminución de los recursos naturales, el auge de la contaminación y las modificaciones en el sistema climático generadas por el hombre hacen que la superficie habitable de la Tierra cada vez sea menor. Los datos son alarmantes: se prevé que la población crecerá hasta llegar a los 9.000 o 10.000 millones en 2050 y, para entonces, la superficie habitable será la mitad de lo que es actualmente.

La evolución de la cantidad de población es asombrosa: en 1500 alcanzaba sólo 500 millones en total, a principios de 1900 éramos 1.600 millones, hoy somos exactamente 7.000 millones. En un solo siglo la población se ha más que triplicado, considerando que la aldea global en el año 2000 tenía 6.000 millones de habitantes. UNICEF denuncia el drama de 30.000 niños que mueren cada día de enfermedades curables. No considera un drama, en cambio, que cada día la población del mundo crezca en más de 230.000 personas, lo que significa casi 7 millones al mes, 84 millones al año. Cada año nacen así más de dos veces la población completa de España.

Pero el tema de fondo es el siguiente: una línea de pensamiento en la disciplina demográfica argumenta que la caída de los nacimientos en los pueblos subdesarrollados (que son los que poseen índices de natalidad más elevados) llegará “naturalmente” con el desarrollo económico. Pero no es así, en absoluto. Porque el incremento descontrolado de los nacimientos es, a la vez, causa y efecto de pobreza y de subdesarrollo. La Iglesia católica que en su seno siente una importante porción de responsabilidad en esta realidad –aunque no lo reconoce- afirma que el crecimiento demográfico alcanzará su punto natural de equilibrio y de parada con la educación y el desarrollo. Así lo dijo el misionero Pietro Gheddo en el Corriere de la Sera, el 20 de junio de 2002: “Ayudemos a los pobres a desarrollarse y disminuirá también su crecimiento demográfico. La educación unida al desarrollo es el único método que funciona”.

Sin embargo, los demógrafos prevén que la parada “natural” del crecimiento recién arribará cuando la población total sea de 10 o 12.000 millones. Y entonces ya será muy tarde. Además esta parada no será nada “natural”, estará, en cambio, matizada por millones de muertes producidas por enfermedades, pobreza, hambre, contaminación, etc.

Ya hoy, siendo 7.000 millones, la humanidad se encuentra al límite de la ruptura de los equilibrios ecológicos. El envenenamiento del aire aumenta peligrosamente incluso si la población se mantuviese constante. Imagínense cuando entre en el terreno de juego miles de millones de chinos más de chinos “desarrollados” que cambian la bicicleta por el automóvil; en 2050 China contaminará más el planeta que Estados Unidos. En el otro extremo tomemos el caso de Nigeria, el estado africano más populoso (con un alto porcentaje de población que practica la religión cristiana). En 1950 tenía apenas 33 millones de habitantes, y prevé 250 millones en 2050. ¿En ese momento los nigerianos serán más ricos e instruidos? No. Con toda probabilidad serán más pobres y subdesarrollados que nunca…

La Fundación Alemana de Investigación de la Población Mundial (DSW), que ha realizado innumerables estudios sobre el tema, sugiere que mientras no se apliquen métodos anticonceptivos en las poblaciones pobres, el incremento poblacional se hallará en franco ascenso.

¿Por qué se llegó a este punto? ¿La comunidad internacional organizada –con su emblema, la ONU- a la cabeza no pudo hacer nada? Las responsabilidades son variadas. Por ejemplo, cuando el presidente George Bush se instaló en la Casa Blanca la primera decisión que tomó consistió en restablecer la llamada “Global gag rule”, es decir, bloquear la educación para la contracepción en el mundo, cuya financiación dependía casi exclusivamente del dinero de EE.UU. También se ocupó de bloquear la pequeña pero importante financiación destinada por el Congreso norteamericano al fondo de las Naciones Unidas para la población (UNFPA), una organización que ha trabajado muy eficazmente en los países en vías de desarrollo durante los últimos veinte años. Por otra parte, Estados Unidos se ocupó de neutralizar la ratificación del Tratado de Kyoto, perdiéndose así la posibilidad de tener un planeta un tanto más sano.

El “World Wildlife Fund”, organización que goza de gran predicamento en materia de medio ambiente acaba de lanzar una nueva y dramática alarma: a este paso al planeta Tierra y a sus habitantes les quedan cincuenta años de vida. No es mi intención realizar ningún tipo de predicción, pero es de señalar que una de las profecías del fenomenal Nostradamus vaticinaba que el mundo se acabaría cuando la Pascua se celebre un 25 de abril,  y que la próxima vez esto sucederá en 2038.

El dilema es complejo. Si se logra el desarrollo virtuoso entonces el mundo humano destruirá el mundo natural, la contaminación llegará a ser insoportable, se alterará el clima, avanzará la desertización, el agua no bastará, los ecosistemas serán brutalmente alterados.

Paolo Sylos Labini, especialista en temas demográficos, afirma al respecto en su libro titulado “Sottosviluppo” que “Prevenir el nacimiento de millones de seres humanos destinados a sufrir de las maneras más graves es un acto de caridad laica”.

En esta misma línea, así cierran su libro Sartori y Mazzoleni, al referirse a los males de la humanidad:

“Se sigue pasando por alto un simple dato real: ni la hecatombe provocada por el hambre, ni la que viene del SIDA, ni el continuo descenso de la esperanza de vida en África, arañan siquiera mínimamente el crecimiento exponencial de la población. Procrear sin cesar en estas condiciones significa renovar con activa locura un gigantesco rito de sacrificio humano”.

¿No    

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