Ricardo Osvaldo Rufino  mir1959@live.com.ar 

 

La globalización es un fenómeno abarcativo, imparable, que ya cubrió como una sombra gigantesca al planeta entero. Entre sus paradojas, observamos que se ocupó de reducir empleo en el mundo industrializado y de exportar empresas y puestos de trabajo a la periferia. Un tema que fue abordado este año en el Foro Económico Mundial, en Davos, Suiza. Allí se dijo que los receptores de estos empleos y estas plantas de producción son, esencialmente, tres países de desarrollo intermedio: Brasil, China e India.

Está cambiando el equilibrio económico y político del mundo. Estados Unidos y la Unión Europea asisten a un nuevo paradigma: el avance tecnológico y la mayor productividad les demandan, cada día, menos cantidad de puestos de trabajo. Si este cambio continúa al actual ritmo, las proyecciones realizadas por los organismos internacionales indican que para el 2025 las naciones del BRIC (China, India, Rusia y Brasil)  elaborarán el 50% de la producción total de los Estados Unidos, Alemania, Japón, Reino Unido, Italia y Francia, juntos, y para el 2040 las sobrepasarán. Será China el principal impulsor de esta transformación ya que, los analistas prevén que primero alcanzará a Alemania, luego a Japón y antes del 2040 a los propios Estados Unidos.

La teoría del derrame siempre fundamentó que el crecimiento de la economía se extenderá desde los países más desarrollados, y ese teorema tan polémico ahora comienza a tener otros elementos dignos de ser tenidos en cuenta, porque la integración de los sistemas informáticos ya permite que disciplinas como la arquitectura, el diseño y otros múltiples servicios, también migren desde las naciones centrales hacia las naciones en desarrollo, provocando así desocupación entre quienes están en el vértice de la pirámide intelectual y económica.

Esta realidad lleva a pensar que sin capacitación será cada día más difícil salir del desempleo.

En todos lados la ola de desocupación se acrecienta de manera exponencial por la difusión de la informática, la robótica y el acceso a las nuevas tecnologías. Esta expansión sin dudas reduce puestos de trabajo, reemplazados por tecnología de última generación.

En este escenario, la educación se ha convertido en el único elemento que tiene el poder de transformar la realidad de una persona. Pero claro, hoy la educación no es lo que era. El mundo globalizado ha impactado en forma demoledora en la educación.  El aprendizaje, la posibilidad de manejar esas herramientas informáticas, se convierten cada día más en el instrumento necesario, imperioso e imprescindible, para huir de ese oleaje de desocupación, que es abarcativo y mundial. Un solo ejemplo: Más de 70 países incorporaron, en la última década, la enseñanza del inglés como lengua extranjera en las escuelas, en detrimento de otros idiomas clásicos. Entre los idiomas que más terreno perdieron en esta batalla por la influencia se encuentran están el italiano, el francés y, especialmente, el ruso. Este ejemplo demuestra que los efectos de la globalización no son neutros, que ocasionan ganadores, por un lado, y perdedores, por el otro. Precisamente la UNESCO,  advirtió que el 80 % de las 6800 lenguas que hoy existen en el planeta corre riesgos de desaparecer. “Eso llevaría al empobrecimiento de las riquezas culturales del mundo”, señaló el mensaje oficial del organismo.

De todos modos, no todo es tan negativo lo que ofrece el fenómeno omnipresente que estamos analizando, porque la globalización, bien manejada, puede representar una oportunidad para la educación y para la paz, ya que un elemento favorable que aporta es que acerca a los seres humanos y los alienta a compartir valores comunes.

Me pregunto, entonces, ¿qué pueden hacer ante este escenario inquietante los países latinoamericanos, que poseen alcances aún limitados en cuanto a su nivel de desarrollo y a sus infraestructuras productivas?

Leamos a un especialista en esta materia, el escritor Alberto C. Taquini, que en el diario La Nación de Buenos Aires, aconsejó lo siguiente:

“Las universidades con que cuentan las provincias deberían promover las ciencias, y los colegios universitarios tendrán que adaptar sus estructuras académicas para incrementar su relación con la trama social, vinculando así la oferta cultural y educativa con la demanda laboral de cada ciudad o región”.

De esta manera, pienso que en un país como la Argentina, los ministerios de Educación y Trabajo deberían dejar de ser compartimientos estancos y permanecer aislados. Y sí deberían integrarse en una sola estrategia política y operativa, con el objetivo de vincular la capacitación y enseñanza con las necesidades concretas de las empresas y del universo del trabajo.

Por otra parte, la Organización Internacional del Trabajo (OIT), como organismo rector en el mundo, tendría que reclamar la conformación de tal conjunción, que sería sin dudas muy beneficiosa y, de ser bien implementada, podría rescatar a numerosos países –no solamente a Argentina- del alto porcentaje que poseen de desocupación, miseria y  hambre. Porque hoy se percibe claramente una especie de disociación entre las necesidades concretas de las compañías y las carreras que eligen los alumnos. Las cifras de mi país indican que se requieren profesionales técnicos, sin embargo la gran mayoría continúa optando por Psicología, Abogacía, Sociología, Ciencias de la Comunicación, etc.

En conclusión, la Argentina, Uruguay, Chile, Bolivia, Perú, Venezuela, Colombia, etc., para huir  de sus cumbres  de desocupación no tienen más remedio que transformarse en una verdadera fiesta del aprendizaje. Pero no de cualquier aprendizaje, sino del que lo vincula al mundo de la producción. La globalización obliga porque se encargó de llevar a la educación a un sitial de enorme altura. Impensado hasta hace tres décadas atrás.

Anuncios