Ricardo Osvaldo Rufino mir1959@live.com.ar

 La administración de Barack Obama enfrenta una complicada situación económica. Los problemas fundamentales pueden resumirse en los tres vértices de un triángulo: la descomunal deuda oficial que asciende a 13 billones de dólares (aunque organismos privados afirman que es mayor), el déficit fiscal y un crecimiento económico actual extremadamente moderado, cuyo bajo ritmo no permite optimizar los otros dos problemas de fondo.

Así las cosas, la semana pasada, los directores del Comité Nacional de la Responsabilidad y Reforma Fiscal ofrecieron una propuesta para salvar al país del desastre económico, de enfrentar la acechante y agobiante deuda nacional mediante el aumento de impuestos y recortar ciertos derechos de ayuda social. Nancy Pelosi, la portavoz de la Cámara de Representantes, de inmediato rechazó el plan como “inaceptable”, pero el presidente estadounidense recomendó paciencia. “Antes de que alguien empiece a rebatir las propuestas, necesitamos escuchar”, dijo. “Si nos preocupan la deuda y los déficits, entonces tendremos que tomar acciones que son difíciles y tendremos que decirle la verdad al pueblo”.

Hasta aquí todo muy bien. Obama utiliza una vez más su conocida mesura para afrontar los temas, una estrategia que a su vez le es útil para ganar tiempo. Pero no adopta una decisión y los tiempos comienzan a acabársele.

Las circunstancias concretas son serias: en 2009 el sistema de rentas federal de la nación recibió fondos que sumaban alrededor de un 15 por ciento del presupuesto general, mientras que gastó un 25 por ciento más. Esa brecha de 10 puntos es enorme e insostenible. Y se explica por los tremendos gastos que ocasionan los números de Defensa y los beneficios proporcionados al bienestar social.

Ahora bien, si se ve revitalizada la recuperación económica, se incrementará la recaudación de impuestos; pero al mismo tiempo, la partida de gastos sólo aumentará y aumentará. ¿Por qué? Porque el promedio de edad de la población de los Estados Unidos de América está acelerándose y crece la cantidad de ancianos. En 1960, había cinco trabajadores para sostener a cada persona mayor de 65 años. En 2040, habrá solamente dos. Cuando la generación de la posguerra llegue a la edad de la jubilación, cobrarán mucho más de Medicare y la Seguridad Social. Los costos del seguro suelen superar a la inflación por un margen amplio. Y así se origina un nuevo ítem que genera déficit. El reciente proyecto de ley para el sistema de salud de Obama puede lentificar esa marcha, o no. La sensación general es que el proyecto fracasó en cuanto a cambiar el sistema básico que genera costos siempre mayores.

¿Cuáles son entonces las opciones con que cuenta el gobierno de Estados Unidos? Leamos lo que señala Evan Thomas en un reciente artículo publicado por Newsweek:

“¿Qué pasaría si el Gobierno no hace algo, si se cruza de brazos y permite que el gasto sobrepase cada vez más a las rentas? Por supuesto, siempre se puede imprimir más dinero, por lo tanto reduciendo la deuda como porcentaje de la economía inflando el dólar. Pero la inflación masiva es una maldición. La última vez que la inflación llegó a los dos dígitos en EE. UU., a fines de los ‘70, las encuestas de satisfacción y optimismo por el futuro se desplomaron, y no fue una sorpresa. Los mayores con ingresos fijos se vieron  muy afectados, y casi todos temían que sus ingresos nunca estuvieran a la par del aumento de precios. Pudo ser peor. Piense en la hiperinflación de la Argentina en la década de 1980, o la Alemania de la República de Weimar antes de Hitler, en los años ‘30”.

Concretamente, la emisión de dinero espurio sería un camino que conduciría a un absoluto fracaso.

Por otra parte, la mayoría de los estadounidenses piensa que ya está haciendo la parte de sacrificio que le corresponde al pagar impuestos y resiste vigorosamente  la idea de pagar más. Esa mayoría considera que los genios financieros de Wall Street son los verdaderos culpables de un escenario económico tan deprimente, que se originó allá por septiembre de 2008 con la crisis de las hipotecas “subprime” y la quiebra de instituciones financieras muy importantes.

El escenario actual puede ejemplificarse de la siguiente manera: Si Obama decide sincerar la situación y pedirle un sacrificio al pueblo de su país, primeramente deberá estar dispuesto a sacrificarse él. Esto significa resignar su intención de ser reelecto en 2012, y tomar las medidas restrictivas que los especialistas recomiendan y que a esta altura aparecen como imprescindibles si se quieren evitar males mayores. Una vez más queda expuesta la contradicción entre un gobernante con aspiraciones políticas y la realidad especifica de una economía que no marcha bien.

La ecuación es dificultosa. Los votantes quieren oír cómo el Gobierno va a reducir el desempleo y mejorar la situación general, no desean escuchar que serán golpeados con impuestos más altos y menos beneficios. Obama y el Congreso necesitan, sin duda, abordar el problema de los empleos, y para ello gastar más dinero. Pero para ser creíbles —y tranquilizar a los mercados y los empresarios temerosos de hacer inversiones a largo plazo— estos aumentos a corto plazo en los gastos y recortes tributarios deben ser seguidos por mayores reformas fiscales a largo plazo.

Evan Thomas nos da una mirada lúcida sobre la posible opción que se le presenta al presidente: “Uno puede mirar en vano en los libros de historia en busca de ejemplos de presidentes que aumentasen su popularidad mediante exigir sacrificios. Con la posible excepción de Roosevelt en época de guerra, los presidentes se cuidaron de no exigir demasiado. Y la cultura popular no está muy dispuesta a los sacrificios”.

Concretamente, este argumento explica que si Barack Obama decide hacer el ajuste, su capital político y su imagen se derrumbarían.

Como observador con espíritu imparcial pienso y me pregunto lo siguiente: ¿Los gobernantes y representantes legislativos norteamericanos nunca consideran la opción de -en vez de castigar a su propia población con ajustes y mayor cobro de impuestos- reducir los exorbitantes gastos que les insume invadir naciones extranjeras (Afganistán, Irak, etc.), fabricar armamentos y material nuclear de notable avance tecnológico, sostener el emplazamiento de bases militares y soldados en diversos sitios del planeta o sustentar una estructura de espionaje (la CIA) que tiene alcance internacional, ítems que requieren un presupuesto fenomenal? ¿No sería esto más sano para su propia economía, que recurrir a medidas de neto corte fiscalista que castigan a la ciudadanía y que siempre concluyen ocasionando recesión y, por consiguiente, enfriamiento del movimiento económico y mayor desocupación?

Algún lector, con razón, podría responderme que para decidirse a realizar algo así, primero deberían resignar su espíritu imperialista, es decir, su esencia, su naturaleza. Y eso no es posible…

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