Ricardo Osvaldo Rufino  mir1959@live.com.ar

 

Las noticias se suceden. Invaden las páginas de los portales y los titulares de los diarios: “Atentado terrorista ocasionó 15 víctimas fatales en Irak”, “Conductor suicida provocó 17 muertos en Afganistán”, etc., etc. Así, uno se siente tentado a intentar averiguar las causas más profundas de un flagelo extendido y creciente, que continúa azotando con particular virulencia a varias zonas del planeta. Y cuyas amenazas mantienen en vilo a otros países y regiones. Puede parecer una tarea demasiado ambiciosa, pero seguramente vale la pena. Uno –espectador imparcial-  se interroga, por ejemplo, hasta qué punto influyen las vicisitudes personales para transformar a jóvenes que recién se encuentran ingresando en la vida en verdaderos kamikazes devastadores. O hasta qué punto lo que ocurre en las sociedades es determinante para inclinar a los mismos a ofrendar sus vidas por una causa.

El terrorismo internacional, cualesquiera sean sus motivaciones, se ha convertido en una práctica cruel, degradante e inhumana. No le importa si asesina a niños o adultos inocentes, si hiere o destruye indiscriminadamente: La matanza y el reguero de sangre continúan en Palestina, Irak, Afganistán. El terrorismo se globalizó luego del criminal atentado en New York y Washington, ocurrido el 11 de septiembre de 2001,  y gracias a la nueva política de seguridad nacional y guerra preventiva de Bush que, además, en su concepción fundamentalista, fuera de toda consideración ética y de mínimo respeto al derecho internacional, decidió por su cuenta, declarar terroristas no sólo a grupos y organizaciones sino a pueblos y Estados, con lo que puso desde ese momento en peligro a la humanidad entera.

A mi criterio, existe un punto que es fundamental para comprender el terrorismo de nuestros días: al mismo tiempo que el mundo de globaliza porque la economía, los mercados y las comunicaciones desconocen todas las fronteras, la gente busca nuevos modelos en los cuales poder identificarse. Cantidad de individuos intentan encontrar refugios contra la globalización. Intentan encontrar una identidad. Sabemos que el fenómeno globalizador unifica las conductas, los gustos, las inclinaciones, los consumos.

Entonces, este resurgir súbito y aparentemente inexplicable del nacionalismo, de la religión en general y de los fundamentalismos en particular, sólo se torna comprensible en el contexto del enfrentamiento de civilizaciones. A escala mundial, el regreso de la religión como motivación exclusiva de numerosas personas en todo el mundo, constituye el reflejo de la búsqueda desesperada de un valor profundo que sustituya tanto materialismo y vaciedad espiritual.

Según Bruce Hoffman, experto en temas militares de la Rand Corporation, los 13 principales grupos que practicaban el terrorismo en 1968 –uno de ellos era Baader Meinhof en Alemania- tenían un carácter ideológico. En cambio, en 1990, sobre 74 agrupaciones conocidas, 58 eran separatistas o nacionalistas, 12 tenían una identidad fuertemente religiosa y solamente 15 contaban con una línea definida. Paul Wilkinson, una de las máximas autoridades mundiales en el tema, que se desempeña como profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad de St. Andrews, Escocia, señala que en la década del 60 no existía ni una sol asociación terrorista que tuviese motivaciones religiosas. En la actualidad, el fanatismo religioso produce un 20 por ciento de los actos terroristas en el mundo y tiene una impronta cada vez más violenta.

El concepto de “terrorismo como espectáculo” que se basa en la idea de “hay mucha gente mirando, no son necesarios demasiados muertos” fue válido solamente durante la época en que las organizaciones extremistas respondían a una lógica política. Ahora los fanáticos religiosos consideran a los infieles “deshumanizados y descartables”. Se desentienden de las apariencias, sólo desean matar…

En este contexto rayano en la locura, pleno de desatino y matizado por venganzas cruzadas que van y vienen, las doctrinas religiosas generan en su propio interior adeptos de concepciones ortodoxas y fundamentalistas, que se convierten en partidarios de la violencia y  los métodos extremos. En el Islam, por caso, pese a ser una religión que merece todo mi respeto y consideración y, a mi entender, con la luz brillante de un texto coránico claramente partidario de la paz y la armonía entre todos los seres humanos, casi siempre los rebeldes han utilizado el asesinato como instrumento de acción. Por su parte, los terroristas judíos y cristianos –casi siempre milenaristas, o sea, también fundamentalistas- son contradictorios; su objetivo consiste en producir una lucha social catastrófica, y actúan como si creyeran que el infierno debería preceder al paraíso.

Realmente, en este análisis la palabra clave y emblemática es “contradictoria”. Porque cuesta entender que seres humanos que, supuestamente, cuentan o creen en valores religiosos, que deberían tener una concepción de absoluto respeto y amor por la vida humana, se vuelquen tan ferozmente a intentar suprimirla. No se comprende.

No me termina de convencer –sinceramente- que las motivaciones religiosas sean causa de tanto odio, de tanta ferocidad. A mi humilde entender por detrás existe una motivación mucho más profunda, más ligada quizás a las injusticias que imperan en el mundo. Para verificar esta idea busco un especialista que me ayude a pensar. El periodista argentino Walter Goobar, en su libro “El tercer atentado” afirma que:

“Una potencia hegemónica con enormes recursos tecnológicos y financieros tiene amplias opciones para emplear medios tanto violentos como pacíficos con miras a lograr sus fines. Los medios violentos incluyen todas las variadas formas de terrorismo, y Estados Unidos como potencia hegemónica ha utilizado o auspiciado el empleo de todas. En la mayoría de estas modalidades, los Estados Unidos no son el único país en hacerlo, sino un país cuantitativamente importante, y en ocasiones, incluso, supremo, como terrorista y patrocinador del terrorismo”.

Me quedo con esta teoría, sin descartar la validez de otras.  Si la nación más poderosa del planeta, con un tremendo caudal de poderío económico, tecnológico, militar, con empresas que se extienden a lo largo y ancho del orbe produciendo y comercializando productos de todo tipo, utiliza métodos violentos con tanto descaro e impunidad, me pregunto: ¿qué ejemplo está transmitiendo a la población mundial? Ese ejemplo desencadena reacciones en cadena de todo tipo, religiosas, militares, terroristas, etc.

Deseo aclarar que me parece deleznable toda forma de terrorismo, me parece absolutamente deleznable que mueran inocentes por la causa que sea. Simplemente trato de encontrar una explicación a tanta irracionalidad…

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